LA ROMERĶA DE ALZA

Marzelino Soroa

1888

        Las romerías se suceden sin interrupción.

        Muchas se nos presentan en lontananza con faz risueña.

        Alza.

        Nombre que está perfectamente en armonía con la posición topográfica del bonito y antiguo barrio de San Sebastián, hoy independiente y en estado floresciente.

        ¡Y tanto como hay que alzarse para llegar a aquella cumbre!

        Se celebraba la romería de San Marcial que se traslada al primer domingo posterior a este día, siempre que no corresponda a aquél, con el fin de que acudan en mayor número de los pueblos circum-circa.

        Larga fila de carruajes se destacaba en la carretera, frente al viaducto de Herrera.

        Hablo en verso como quiera.

        ¡Qué golpe de vista ofrecía desde este punto la contemplación de tantos alegres romeros trepando con dificultad por la pendiente y formando caprichosas espirales con aquellas vueltas de Pandemio.

        Tan penoso acceso daba lugar a entrecortadas frases ahogadas por la fatiga de la respiración.

        Sobre todo entre ellas.

        —Zeiñ iyotzen da emendic, cristabac?

        —Ai au lana!

        —Ja, ja!

        —Erorico zeate.

        —Uff, au berua!

        —Quishcaldu biar diñau!

        —Andic pasa bihar al degu?

        —Ez diñau zeruba urruti izango!

        —Nesca, etzanala orremeste gonac goratu!

        —Abec ishtillubac!

        Los que más se lamentaban eran los que no habían ido a pie al pie de la cuesta.

        Sino en coche.

        Naturalmente!

        El cambio era demasiado brusco.

        Lo mismo que si uno tras de una larga y rigurosa dieta se diera un atracón.

        Nosotros llevábamos nuestros aparatos preparados.

        Y sobre todo como se dice:

 

                En las cuestas arriba

                quiero mi mulo,

                que las cuestas abajo

                yo me las subo.

 

        Lo que allí hacía falta era un ascensor.

        ¡Qué gentío de gente!

        A las primeras notas que se escucharon, se lanzaron alegres parejas amantes de torturarse los pies rindiendo culto a Terpsícore.

        ¡Qué bullicio, qué locura, qué delirio!

        Materialmente no se podía dar un paso.

        Y como las parejas tampoco podían limitarse a girar sobre sus talones, muchísimos tuvimos que eliminarnos de la plaza.

        Esto me dió ocasión a hacerme dueño de unas posiciones que me causaron la mayor sorpresa.

        Desde ella contemplaba al par que aquel torbellino humano que hervía al calor que proyectaban los eléctricos compases de la música, el majestuoso paseo de la Zurriola.

        Aquí la algazara, allí el mutismo.

        ¡Qué contraste!

        Parecía que la madre ahogaba en silencio la pérdida de su tierno hijo.

        Aparecía a mi vista la bella Easo como blanca gaviota sobre la superficie del mar, mecida por suaves ondulaciones y llevando en su pico una ramita con tres hojas: monte frío, monte Urgull y monte Ulía.

        ¡Ah! Se me olvidaba.

        También hubo ciriricus.