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PANDEROS DE GRAN VUELO

 

Orixe, 1928

 

        En la reunión de Arrate faltaban los atabales, no apretaban suficientemente los tamboriles. Perdonen los simpáticos chistularis, pero en este punto estamos con Iztueta, que representa la fiel tradición. A la importancia extraordinaria del tamboril dedicamos un artículo, y hoy volvemos a insistir en lo mismo. Los estatutos en proyecto admitían en la Asociación a los atabaleros; pero no nos parece bien la distinción que se hizo contra ellos. Acudieran todos, o cuando menos buen número, y el efecto de la Banda hubiera sido mágico. En uno de los autocares en que subíamos se originaba alguna confusión -¡eran tantos los ejecutantes!-, pero bastaban y sobraban directores. Para que se siguiese el mismo efecto con los tamboriles, había que echar a una parte el miedo de levantarles la piel de que parece estaban poseídos. Muchos apenas tocaban el "arratza", y aún vimos más de un brazo caído, colgándole como adorno superfluo y como estorbo del brazo izquierdo.

        No es difícil restablecer en esto la tradición, y lo txistularis que nos lean no quieran ver en algunas expresiones, tal vez excesivamente vivas, sino deseos de volver a ella. "El tamboril —dice Iztueta— es muy anterior al chistu, y nuestros antepasados danzaban al son del tamboril cantando versos." En nuestra infancia veíamos todos los domingos danzas cantadas al son del pandero. Desde el ingurutxo hasta el último fandango, todo era cantado. Añade Iztueta que "los tamborileros antiguos usaban chistus y tamboriles mucho mayores que los de ahora."

        Lo mismo podemos decir de los panderos, aquellos panderos de gran vuelo que conocimos, comparados con las cajitas minúsculas que han llegado más tarde. De esto no tienen la culpa los tamborileros ni las pandereteras de hoy, sino los constructores y ejecutantes que rompieron la tradición obedeciendo a exigencias de la moda. Para que se vea la preferencia y antigüedad del tamboril, hoy se desconoce en el pueblo del que esto escribe la palabra "chistulari". Se usa "danbolin" y nada más, como usaba Iztueta. En los días en que vivimos, tenemos que aceptar esa palabra, pero sentimos preferencia por la de "danbolin", rindiendo culto a la tradición.